Yo no lo sé de cierto, a mí me dijeron un día que llegué a la oficina y vi a todos con los ojos vidriosos y los mocos sueltos. En ese instante pensé que todos sufrían de mal de amores, pero de inmediato me acordé que si bien aquello era cierto, todos estábamos muy acostumbrados al respecto y, por lo tanto, ya no llorábamos en horas de oficina. En mi caso, por ejemplo, me espero a la noche para llorar solo como perro, pero con mi perro.
—¿Pero qué sucedió? —pregunté consternado.
De pronto todas las miradas inquisidoras voltearon a un solo lugar, levantaron las manos que sostenían los pañuelos desechables llenos de mocos y dijeron en un coro por demás griego:
—¡Fue culpa de Danny!
—No —dije alarmado e incrédulo —no de Danny, no puedo creer que haya sido Danny el que trajo este virus mutante a nuestra oficina, Danny no. Nooooooooooooo.
Danny se llevó el dedo índice a la cara, y colocándolo de manera horizontal lo cruzó de un lado al otro de la nariz y sorbió orgulloso, con una malicia en los ojos que a todos nos arrancó un escalofrío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario